
Hay días en los que pienso en que “La nueva novela” de Juan Luis Martínez sí es una novela, que no puede ser otra cosa más que el relato pormenorizado y falso de una secreta catástrofe familiar. Me atrae dicha idea: la de leer al borde un texto borrado por sí mismo de un plumazo, la de meterse en una novela tejida al límite de sus propias imposibilidades o, mejor dicho, de las que otros le asignan. Pienso en que uno de los mejores halagos que puede provocar un relato de esa clase es la perplejidad. O el odio. O el miedo. Detecto ese miedo a ratos, al modo de una delgada sombra. Un miedo al ejercicio de un espacio de escritura que no aspira a la totalidad, un edificio –o una casa, poniéndonos chilenos- más preocupada de la transparencia de su andamiaje que del color local con el que se pinta la fachada. Desde ese lado de la vereda, son comprensibles las reseñas que lectores como Miguel García-Posada o José Promis redactaron a partir de “La vida privada de los árboles” de Alejandro Zambra. Por supuesto, yo no soy nadie para discutir con ellos lo que es o no una novela, pero sí me llama la atención esa desesperada necesidad suya de salir a decir que el libro de Zambra no califica de tal. Me interesa porque creo justamente lo contrario: la posibilidad de dicho libro sea en realidad varias novelas. ¿Cuáles?. Una de terror (que se cuela en la posibilidades de extender una noche de espera hasta el infinito); un policial (desplegado a partir de la pregunta de qué pasó con la mujer del protagonista); una de ciencia ficción (que relata un futuro que es el presente congelado); unde clase (los fragmentos de la vida de una clase media que, hasta este libro, parecía no merecer ser relatada), o una sobre la literatura (que indaga en los límites de lo que puede ser relatado).